lunes, 5 de noviembre de 2007

A LA FRANCESA

Siempre me han fascinado las misceláneas literarias, especialmente las que combinan aspectos dispares acerca de la vida de los autores y sus obras, fidedignas o no, a excepción de las que carecen del mínimo de verosimilitud necesaria como para no desvirtuar, de facto, ese acuerdo tácito sellado entre los dos agentes que hacen posible ciertamente el milagro de la literatura: el escritor, por una parte, pero también el lector. No en vano, tal y como señaló Paul Auster en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de 2006, la ficción literaria es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector. Pero es Emerson, filósofo trascendentalista norteamericano especialmente célebre por sus aforismos, el que concluye: los mejores libros nos llenan de la convicción de que la naturaleza que los escribió es la misma que los lee.
Desde mi época de estudiante en el instituto, por donde pasé con más pena que gloria, he venido arrastrando los ecos de una obsesión. Por mucho que el profesor de la asignatura de Ética esgrimiera argumentos dispares, intentando de paso y a la desesperada contemporizar con la cuadrilla de inadaptados que coincidimos aquel año en clase, para explicar la marginación de la ética por la política, jamás acabé de creerme que hubiesen sido encontradas unas notas manuscritas en el interior del De Dion-Bouton de Bonaparte, junto a otros papeles abandonados por el corso en su huida tras la batalla de Mont-saint-Jean. A mi juicio, éstas no son más que un agravio a la realidad, una burla a la verosimilitud y, ya que estamos, un insulto a la inteligencia, que me hubiese gustado desentrañar ya entonces. Pero como científicamente es para mí, todavía hoy, virtualmente imposible, el único instrumento que puedo blandir sin lastimarme es la imaginación, artificio al que recurrimos a menudo quienes no tenemos nada mejor para defender nuestras tesis.
No es que dichos apuntes estén ni peor ni mejor redactados, y menos aun con relación a la persona que supuestamente esgrimió –nunca mejor dicho- la pluma, sino como ya he mencionado la ausencia de verosimilitud es flagrante, tanto como que de la imaginación a la quimera hay un largo trecho que, por voluntad que se ponga, es imposible abordar sin desfallecer antes de completarlo. No en vano, el estudio preliminar que precede al texto en cuestión, de la edición que manejo para documentar estas líneas, lo deja muy claro cuando advierte no hallar en ellas “nada original, ni que defina a un hombre de la talla de Napoleón”. Eso, siento decirlo, no deja muy bien parado al vizconde François-René de la Chateaubriand , protagonista de mis conjeturas. Pero como lo que a mí me inspira no es más que alcanzar un mínimo de credibilidad, no tengo por qué sentirme culpable de ello. Igual que lo he elegido a él, podría haber escogido a cualquiera de los cientos de súbditos imperiales que no salieron muy bien parados de una relación tan cercana al gran estratega, aunque estoy convencido de que ninguno me habría dado sin duda tanto juego retórico. Ahí estriba, consideraciones de género (literario) aparte, la diferencia entre nuestros barruntos. Pues se me antoja evidente que no es una inquietud literaria la que impulsa al aristócrata a comportarse de una forma que muchos calificarían de extremadamente ruin para un hombre de su posición, sino la venganza. No en vano, ya lo explica Maquiavelo a lo largo del capitulo VII de su obra más significativa: los hombres ofenden por miedo o por odio. Y mi personaje, huelga decirlo, sabemos que experimentó ambos sentimientos, por lo demás tan humanos.
En cuanto al secretario florentino, sabemos que escribió libros tan interesantes como “La Mandrágora”, una comedia contra las apariencias, “El arte de la guerra” y “La vida de Castruccio Castracani”, pero es El Príncipe, defensa teórica del realismo político, la obra que le valió el unánime reconocimiento de sus contemporáneos, y con la que ha pasado brillantemente a la posteridad. Célebre se ha hecho el silogismo el fin justifica los medios, conclusión a la que parece conducirnos indefectiblemente la lectura apasionada del texto, que bien podría haber seducido, no lo niego, al conspicuo Bonaparte, pero no hasta el punto de convertirlo en esa suerte de libro de cabecera que sugieren las notas a pie de página.
Me inclino a pensar, por contra, que un editor decidió publicar El Príncipe con las correcciones al texto supuestamente encontradas el 18 de junio de 1815, después de oír la propuesta del escritor y diplomático galo y tras debatir, qué duda cabe, en largas y ponderosas deliberaciones junto al consejo asesor. Presumiendo el percal barrunto que, no ya para proteger su inversión sino la reputación de una de las editoriales con más rancio abolengo del continente europeo, le obligaron a rubricar un documento eximiendo a la editorial de cualquier responsabilidad, salvo la del juicio de valor que la despiadada opinión pública tiene reservado para los cándidos y los idealistas, que nunca llegaría a ver la luz pública.
Ni él ni sus asesores ignoraban la suerte de manifiestos motivos que habían impulsado a una figura de la relevancia del noble bretón, nacido en el castillo de Combourg meses antes de que lo hiciese el ogro de Ajaccio, no ya a recrearse con comentarios apócrifos sino a proponerlos como fidedignos para su edición. No en vano, todavía estaba fresco en sus memorias el recuerdo del veto del emperador al discurso de recepción en la Academia del diplomático, que provocó en los primeros casi tanto estupor como en el segundo tanta decepción y amargura. Porque después del prestigio que obtuviese antaño Su Ilustrísima tras la publicación de sus novelas “Atala” y “Rene”, y poco después su apología “El genio del Cristianismo”, qué suerte de autoridad estética pretendió entonces atribuirse el guerrero, que lo máximo que alcanzó a escribir fueron proclamas, panfletos y memoriales, sólo distraídos por una serie nada afortunada de tenebrosas narraciones de juventud.
Sin duda alguna, ambas partes no ignoraban los suculentos beneficios que pasarían a engrosar sus arcas si la travesura se revelaba, como así fue, de manera favorable; pero presumo que los primeros no acabaron nunca de digerir esa inquietud casi enfermiza que bien podría llegar a hipotecar el prestigio del segundo, si se llegase a descubrir finalmente el fraude.
Con respecto al texto, resulta por una parte cuanto menos preocupante el dejo quimérico, incluso para el carácter expedito del orgulloso guerrero, aunque por otra no deja de sorprender su coherencia. Virtud que, con una agresiva campaña, trataron sin duda de fortalecer aun más si cabe. A tal fin, no tiene por qué extrañar que intentasen persuadir a la prensa con la sugestiva noticia del hallazgo de un original del ensayo corregido por su ínclito compatriota. A más de uno, le sorprendería lo sencillo que puede resultar conseguir embaucar a un puñado de periodistas, ávidos de noticias frescas y suculentas, para que redacten sus crónicas al dictado de intereses particulares. Es más, reseñas literarias que huelen sospechosamente a podrido las ha habido siempre. No es de extrañar, por tanto, que la combinación de ambas acabase resultando un éxito editorial, que todavía hoy genera beneficios, porque si el celebérrimo texto de Maquiavelo resulta atractivo por sí solo, máxime aún si lo aderezamos con los enajenados comentarios del resuelto corso.
Finalmente, tan solo me resta por añadir que de una posible reacción en contra de Napoleón no tenía sentido inquietarse, a buen recaudo como estaba, recluido en la prisión de Santa Elena, es poco probable que contase ni con la energía ni con el humor de enfrentarse a nadie. Además, correr cierto riesgo en pos de la cultura, tan denostada por el emperador tiempo atrás, para resarcirla de una manera u otra de todas las injusticias a las que fue sometida bajo su tiranía, es algo que sin duda proporcionó a las dos partes implicadas la excusa perfecta para comenzar a no sentirse culpables por ello.