El viajero toma asiento en una de las primeras filas del tercer vagón. Ahí está bien, junto a la ventanilla, ni demasiado cerca de la locomotora, pero tampoco al otro extremo del convoy, porque de lo que se trata es de intentar pasar desapercibido; todo lo que un individuo azaroso y jadeante alcance, claro está, que la gente tampoco es tonta. Ya se sabe que a las Américas no llegamos, y menos de semejante guisa, pero tampoco es cuestión de dejarse atrapar a las primeras de cambio, que entonces todo se va al carajo.
Su cara no es, ni de lejos, la de una persona que acaba de cometer un asesinato, aunque también es cierto que el dejo quimérico de un criminal no se alcanza a fingir tan fácilmente. Además, para qué vamos a engañarnos, nuestro hombre no ha nacido en absoluto para interpretar: si tiene que decirte algo no se anda con rodeos.
Algunos piensan que su osadía no es más que fruto de la inconsciencia, pero los que verdaderamente le conocen no dudan en alabar su franqueza. Es seco, tanto que aun sin conocerle no te resulta difícil averiguar su ascendencia. De hecho, el viajero se esfuerza cuanto puede en alimentar la leyenda. Es consciente de que un talante agresivo puede ayudarle a sobreviviren un mar atestado de tiburones dispuestos a despedazarle. Hay mucha envidia en este país, donde los mediocres campan a sus anchas, se le oirá decir más de una vez.
Son cómodas estas butacas, susurra pensando en el bueno de Pascualillo, pues si para él ya están bien, qué mejor no se le han de antojar al humilde labriego que en la vida ha disfrutado de tales placeres. Es más, quién es el viajero para negarle nada a nadie, y menos a un individuo que se encuentra en el brete de tener que inmolarse al antojo de uno. Porque Pascual, en otras circunstancias no sería el que es, pero la necesidad obliga, la del escritor, naturalmente, que no la que preconizan los instintos y las bajas pasiones.
Su cara no es, ni de lejos, la de una persona que acaba de cometer un asesinato, aunque también es cierto que el dejo quimérico de un criminal no se alcanza a fingir tan fácilmente. Además, para qué vamos a engañarnos, nuestro hombre no ha nacido en absoluto para interpretar: si tiene que decirte algo no se anda con rodeos.
Algunos piensan que su osadía no es más que fruto de la inconsciencia, pero los que verdaderamente le conocen no dudan en alabar su franqueza. Es seco, tanto que aun sin conocerle no te resulta difícil averiguar su ascendencia. De hecho, el viajero se esfuerza cuanto puede en alimentar la leyenda. Es consciente de que un talante agresivo puede ayudarle a sobreviviren un mar atestado de tiburones dispuestos a despedazarle. Hay mucha envidia en este país, donde los mediocres campan a sus anchas, se le oirá decir más de una vez.
Son cómodas estas butacas, susurra pensando en el bueno de Pascualillo, pues si para él ya están bien, qué mejor no se le han de antojar al humilde labriego que en la vida ha disfrutado de tales placeres. Es más, quién es el viajero para negarle nada a nadie, y menos a un individuo que se encuentra en el brete de tener que inmolarse al antojo de uno. Porque Pascual, en otras circunstancias no sería el que es, pero la necesidad obliga, la del escritor, naturalmente, que no la que preconizan los instintos y las bajas pasiones.
Que sí, que eso es cierto, que estimulan el morbo de la gente, pero al hortelano no le hace ninguna gracia. Sin embargo, el viajero, que parece absorto y con la mirada perdida sobre la línea del horizonte, necesita un asesino, y que es aquél, Duarte, y no otro, porque si no de qué le hubiese puesto en semejante trance, con el aprecio que ha llegado a cogerle. Pero el fin justifica los medios, o eso suele decirse cuando no se encuentra otra explicación. Después de todo, y salvando las distancias, Nuestro Señor profesó también afecto al apóstol Judas, el gran damnificado del cristianismo, y no por ello dudo un segundo en llevar a cabo Su Sagrado Plan.
¿Por qué Montijo?, se pregunta. ¿Acaso don Benito? ¿Y por qué no? Tanto la una como la otra no están muy lejos de Madrid. Bueno, concluye, eso ya se verá más adelante, pero nunca es tarde para ahorrarle unos kilómetros al atribulado.
¿Que nunca se sabe por dónde acabará saliéndole a uno el personaje? Bobadas. Un pedazo de pan,
eso es lo que es. Que Pascual no va a actuar como la mayoría, le consta, protagonistas ufanos que a la mínima se le intentan subir a uno a las barbas. Aunque si bien es cierto, que en una larga y fructífera carrera como le espera, tiempo tendrá el autor para darse de bruces con alguno de ellos, de medirse las fuerzas, se intuye que jamás ha de fallarle el pulso para mantenerlos a raya y que no se le desmanden.
No quiere dejar nada a la improvisación, y por eso calibra hasta la zancada que es menester dar para subirse al tren, ese tren que Pascualillo no puede dejar pasar si, como el autor espera, las andanzas de su putativo no concluyan de un modo precipitado y a destiempo, a manos de una Benemérita un tanto adusta y fiel a la época que le ha tocado vivir. Sólo el servicio ferroviario puede permitirse el lujo de demorarse, ni por aquí no se andan con tantas prisas como en la Capital, medita ya con esa soflama que le hará famoso. Pero lo dejará correr, sin duda, pues suficientes interrogantes persiguen ya al sujeto. Además, esto no es un libro de viajes –que todo se andará- y no precisa más datos que los estrictamente necesarios, para que las andanzas del homicida tengan un mínimo de verosimilitud.
En cuanto a lo que se ha de prolongar la estancia de Pascualillo en la capital, tampoco está ni mucho menos decidido, eso se verá con claridad a medida que la trama avance; pero, aun así, no ha de ser menos de una semana, intenta convencerse a sí mismo. En Madrid, Duarte se lo ha de pasar mejor que nunca, eso va a ser de lo poco bueno que vaya a llevarse a la tumba; sin excentricidades de señorito, por supuesto, pues como calavera tampoco vale todo el mundo, y que para eso hay que haber nacido. Pero una alegría, no va ser él quien s
e la niegue, y más aún tras el ingrato desenlace que le aguarda al pobre desgraciado.
A pesar de lo dicho y maquinado, el creador pondrá finalmente al abasto de las limitadas entendederas de aquel infeliz la fórmula para conjurar su destino. Ni Dios alcanzó a ser tan piadoso con su criatura. pero se ve que ni aun así, o porque tal vez la suerte también en este caso está echada, el desgraciado podrá aplicar para sí mismo el cuento, y a pesar de todos los descargos que le redimen Pascual Duarte va a terminar siendo carne de garrote vil.
¿Por qué Montijo?, se pregunta. ¿Acaso don Benito? ¿Y por qué no? Tanto la una como la otra no están muy lejos de Madrid. Bueno, concluye, eso ya se verá más adelante, pero nunca es tarde para ahorrarle unos kilómetros al atribulado.
¿Que nunca se sabe por dónde acabará saliéndole a uno el personaje? Bobadas. Un pedazo de pan,
eso es lo que es. Que Pascual no va a actuar como la mayoría, le consta, protagonistas ufanos que a la mínima se le intentan subir a uno a las barbas. Aunque si bien es cierto, que en una larga y fructífera carrera como le espera, tiempo tendrá el autor para darse de bruces con alguno de ellos, de medirse las fuerzas, se intuye que jamás ha de fallarle el pulso para mantenerlos a raya y que no se le desmanden.No quiere dejar nada a la improvisación, y por eso calibra hasta la zancada que es menester dar para subirse al tren, ese tren que Pascualillo no puede dejar pasar si, como el autor espera, las andanzas de su putativo no concluyan de un modo precipitado y a destiempo, a manos de una Benemérita un tanto adusta y fiel a la época que le ha tocado vivir. Sólo el servicio ferroviario puede permitirse el lujo de demorarse, ni por aquí no se andan con tantas prisas como en la Capital, medita ya con esa soflama que le hará famoso. Pero lo dejará correr, sin duda, pues suficientes interrogantes persiguen ya al sujeto. Además, esto no es un libro de viajes –que todo se andará- y no precisa más datos que los estrictamente necesarios, para que las andanzas del homicida tengan un mínimo de verosimilitud.
En cuanto a lo que se ha de prolongar la estancia de Pascualillo en la capital, tampoco está ni mucho menos decidido, eso se verá con claridad a medida que la trama avance; pero, aun así, no ha de ser menos de una semana, intenta convencerse a sí mismo. En Madrid, Duarte se lo ha de pasar mejor que nunca, eso va a ser de lo poco bueno que vaya a llevarse a la tumba; sin excentricidades de señorito, por supuesto, pues como calavera tampoco vale todo el mundo, y que para eso hay que haber nacido. Pero una alegría, no va ser él quien s
e la niegue, y más aún tras el ingrato desenlace que le aguarda al pobre desgraciado.A pesar de lo dicho y maquinado, el creador pondrá finalmente al abasto de las limitadas entendederas de aquel infeliz la fórmula para conjurar su destino. Ni Dios alcanzó a ser tan piadoso con su criatura. pero se ve que ni aun así, o porque tal vez la suerte también en este caso está echada, el desgraciado podrá aplicar para sí mismo el cuento, y a pesar de todos los descargos que le redimen Pascual Duarte va a terminar siendo carne de garrote vil.

