domingo, 30 de mayo de 2010

LA DECISIÓN DE HARRY

Cuando llegué a Viena el otoño anterior, Harry y su esposa me hicieron un hueco en la casa del bulevar Ringstrasse, una vivienda antigua pero recién restaurada que compartían en el linde derecho de la que en su día fue la imperial muralla, mientras yo trataba sin éxito de encontrar un alojamiento medianamente digno y que se ajustase a mis posibilidades. Había dejado atrás mi ciudad, en cuya universidad cursé ciencias de la información, y todo lo que en ella había significado algo para mí, con el ánimo dispuesto a completar mis estudios disfrutando de la beca que me concedió al terminar la carrera un acreditado rotativo de la capital. Los emolumentos que puntualmente recibía a principios de mes no me daban para demasiadas alegrías. Todos los apartamentos que había visitado hasta entonces, y cuyo alquiler podía permitirme, no reunían las mínimas condiciones para ser habitados tal y como yo estaba acostumbrado. Y los que sí las reunían, tenían unos precios tan prohibitivos que mi economía no podría sufragarlos ni escatimando parte del presupuesto que había destinado en un principio a comida, ropa y transporte.
Anna Schmidt era una mujer excepcionalmente hermosa, y su marido nunca se cansaba de alabar su belleza. Ambos trabajaban como creativos en una agencia de primer orden, y no tenían hijos. Estudiaron en la misma universidad que yo, con la única salvedad de que se habían decidido por una rama de la comunicación diferente a la mía. Fue allí donde les conocí. Harry dirigía el boletín universitario al que yo anhelaba incorporarme desde que fui consciente de su existencia. Por aquel entonces, todavía yo no había perdido la ilusión de escribir ficción, y me parecía que su revista, un magazín equilibrado y despierto, era un buen lugar para publicar. Así que un buen día, me personé en el pequeño despacho que la facultad les había habilitado, con un dossier que contenía aquellos relatos breves de los que me sentía especialmente satisfecho, y se los entregué. No quise dejarlos sobre su mesa, tal y como me sugirió el joven que ocupaba un escritorio contiguo, preferí aguardar a que regresara de sus clases para dárselos a él directamente en mano.
Ya entonces, los escarceos sentimentales de Harry a espaldas de Anna eran la comidilla de todos. Nadie en la facultad era capaz de entender esa extraña relación de pareja, que parecía poseer la cualidad de retroalimentarse con la despótica infidelidad del uno y la dócil aquiescencia de la otra. Pocos, de hecho, hubiesen apostado por un final feliz. Yo era uno de ellos. Siempre pensé que acabarían casados y con media docena de hijos, por eso no me extrañó en absoluto cuando llegó hasta nosotros la noticia de su enlace. Hacía ya alrededor de año y medio que no habíamos vuelto a saber de la pareja, aunque su recuerdo siguiese presente en detalles tan nimios como la marca del materia fungible, hasta otros tan relevantes como la cabecera de la revista, que habían diseñado entre ambos y que ninguno de nosotros puso jamás en entredicho, al menos durante el período que yo me ocupe de editarla.
Enseguida que supe que me concedían la beca, escribí a Harry para comunicárselo. A vuelta de correo, recibí una fotografía de la pareja en actitud divertida, con unas líneas manuscritas al dorso. En ellas me rogaban que fuese a pasar unos días a su domicilio antes de instalarme definitivamente en mi nueva residencia. Fue allí donde me enteré del inexorable e irreversible avance de la enfermedad que achacaba a mi amigo, pero para mi sorpresa ninguno de los dos parecía contrariado. Tras recibir la mala noticia, no dieron muestra de la mínima afectación, me confirmaron algunos íntimos a quienes recurrí intentando explicarme el motivo de tanta entereza. De hecho, ambos continuaron con su vida como si nada se hubiese interpuesto entre ellos y la felicidad que les embargaba.
Cuando Harry se pegó el tiro, hacía semanas que los síntomas de la enfermedad habían comenzado a causar los primeros estragos en su constitución física, pero aun así podía todavía valerse por sí mismo. Aquel día, los encontré a ambos en el salón. Mi amigo, ya cadáver, había perdido tanta sangre que el perímetro de chaiselong sobre el que había tomado asiento antes de apretar el gatillo estaba empapado. Al otro extremo, Anna permanecía inmóvil y con la mirada perdida, como si la imagen que tenía delante no fuese con ella. La policía, con el intendente a la cabeza, no tardó mucho en llegar. Su equipo se esmeró en recoger las muestras necesarias para comenzar la investigación, mientras que el responsable del grupo observaba a sus hombres evolucionar por la escena con una mueca de escepticismo impostado en los labios.
Pero las pesquisas policiales, al menos hasta donde mi intuición alcanzaba a vislumbrar, no dejaron en entredicho más que el estado de salud neuronal del fallecido antes del fatal desenlace. Con éstas y el aséptico resultado de la autopsia, el juez pudo determinar sin problemas que mi amigo se había suicidado. La repentina noticia sorprendió a sus allegados, precisamente porque creían conocer muy bien la templanza de Harry, y de lo que era capaz de hacer con ella. Todos eran conscientes de que arrastraba una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central, aunque pocos hubiesen sabido concretar que en su vertiente progresiva primaria, que le había sido diagnosticada un año después de contraer matrimonio con Anna, pero ninguno podía pensar que acabaría quitándose la vida.
El entierro tuvo lugar al alba. Una brisa helada soplaba haciendo silbar los arbustos y entremezclándose con las palabras entrecortadas por la emoción que pronunció el padre de Harry, antes de que los operarios deslizaran el féretro al interior de la fosa. Éramos pocos los presentes al acto: a un lado del ataúd, Anna no había derramado todavía una sola lágrima; al otro, poco más de una docena de amigos y el intendente de policía permanecíamos en silencio; y al frente, el padre de Harry parecía el único realmente afectado. Concluido el acto, el funcionario se ofreció a llevarme.
La primera vez que le insté a que detuviese el vehículo a un lado de la carretera, no parecía demasiado decidido a complacerme, pero volví a insistirle. Cuando finalmente lo hizo, el coche apenas había caminado unos cientos de metros. Por el retrovisor podía ver a la viuda de mi amigo avanzando sola y a paso ligero, como si pretendiese dejar atrás cuanto antes aquella experiencia. El intendente de policía, un pertinaz sabueso ducho en su oficio, pero incapaz de apreciar en la decisión de Harry otra cosa más que desazón e impotencia, al ver que yo descendía del vehículo para acudir al encuentro de la viuda, me soltó de improviso: tiene usted todas las de perder con una mujer como esa, ya ve como ha terminado su amigo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

CONSULADO DE INSULSA

Cuesta reconocer que nosotros, los baleáricos, hemos mirado siempre con el rabillo del ojo y, por qué no decirlo, también con cierta envidia a esa isla vecina y autónoma de poco más de tres mil kilómetros cuadrados de terreno calcáreo en un setenta y cinco por cien de su superficie. Situada en el Mediterráneo occidental, a mitad de camino entre la península ibérica y nuestro archipiélago, Insulsa goza de unos parajes privilegiados que la han convertido, al igual que nosotros, en un destino turístico de primera línea.
Como es bien sabido, la isla perteneció política y administrativamente a la nación española, pero los insulsos lograron por referéndum independizarse de ella hace más de ocho décadas. Desde entonces, los peninsulares le han dado la espalda, tanto es así que tan siquiera aparece en sus mapas. Por fortuna, Europa está por encima de ese género de rencillas, y ya desde el tratado de Roma no ha dudado jamás en reconocer a Insulsa como un estado libre asociado a la Unión.
Pero ese recelo, más propio de sociedades peculiarmente endogámicas, ha llegado a su fin. Baleares, que no es ni de lejos tan provinciana como algunos pretenden hacernos creer, concedió hace unas semanas valija diplomática a su representante, súbdito insulso que desde el pasado día 21 de Julio ocupa unas oficinas más bien discretas en una de las calles más concurridas de Palma, desde las cuales se intenta dar curso administrativo a todas las sugerencias, reclamaciones y solicitudes de los insulsos que tienen fijada su residencia en estas islas, o bien se encuentran temporalmente en ellas.
El idioma oficial de Insulsa es el español. Lo ha sido desde que la armada del rey absolutista Fernando VII les arrebatase el territorio a las sublevadas tropas francesas que lo preservaron hasta enero de 1815. Insulsa había pertenecido previamente a la corona británica, y antes que aquella a la holandesa. Tal vez por eso, por su carácter cosmopolita y tradición liberal quiero decir, Insulsa habría de acabar tutelando, un día u otro, sus propio destino.
Que, a día de hoy, los tabloides peninsulares no se hayan hecho eco todavía de la noticia, es algo que tampoco tiene que sorprendernos. El mutismo de ciertos medios de comunicación forma parte del contubernio institucional hispano que, tradicionalmente, ha ensombrecido todos los acontecimientos en lo que respecta a esa isla...

Estas líneas, que aparecieron publicadas en Balearia News el primero de septiembre de 2009, son un fragmento de la crónica rubricada por el periodista y redactor jefe del rotativo Francesc Gonyalons, con motivo de la apertura de la legación insulsa en la capital balear.

lunes, 5 de noviembre de 2007

A LA FRANCESA

Siempre me han fascinado las misceláneas literarias, especialmente las que combinan aspectos dispares acerca de la vida de los autores y sus obras, fidedignas o no, a excepción de las que carecen del mínimo de verosimilitud necesaria como para no desvirtuar, de facto, ese acuerdo tácito sellado entre los dos agentes que hacen posible ciertamente el milagro de la literatura: el escritor, por una parte, pero también el lector. No en vano, tal y como señaló Paul Auster en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de 2006, la ficción literaria es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector. Pero es Emerson, filósofo trascendentalista norteamericano especialmente célebre por sus aforismos, el que concluye: los mejores libros nos llenan de la convicción de que la naturaleza que los escribió es la misma que los lee.
Desde mi época de estudiante en el instituto, por donde pasé con más pena que gloria, he venido arrastrando los ecos de una obsesión. Por mucho que el profesor de la asignatura de Ética esgrimiera argumentos dispares, intentando de paso y a la desesperada contemporizar con la cuadrilla de inadaptados que coincidimos aquel año en clase, para explicar la marginación de la ética por la política, jamás acabé de creerme que hubiesen sido encontradas unas notas manuscritas en el interior del De Dion-Bouton de Bonaparte, junto a otros papeles abandonados por el corso en su huida tras la batalla de Mont-saint-Jean. A mi juicio, éstas no son más que un agravio a la realidad, una burla a la verosimilitud y, ya que estamos, un insulto a la inteligencia, que me hubiese gustado desentrañar ya entonces. Pero como científicamente es para mí, todavía hoy, virtualmente imposible, el único instrumento que puedo blandir sin lastimarme es la imaginación, artificio al que recurrimos a menudo quienes no tenemos nada mejor para defender nuestras tesis.
No es que dichos apuntes estén ni peor ni mejor redactados, y menos aun con relación a la persona que supuestamente esgrimió –nunca mejor dicho- la pluma, sino como ya he mencionado la ausencia de verosimilitud es flagrante, tanto como que de la imaginación a la quimera hay un largo trecho que, por voluntad que se ponga, es imposible abordar sin desfallecer antes de completarlo. No en vano, el estudio preliminar que precede al texto en cuestión, de la edición que manejo para documentar estas líneas, lo deja muy claro cuando advierte no hallar en ellas “nada original, ni que defina a un hombre de la talla de Napoleón”. Eso, siento decirlo, no deja muy bien parado al vizconde François-René de la Chateaubriand , protagonista de mis conjeturas. Pero como lo que a mí me inspira no es más que alcanzar un mínimo de credibilidad, no tengo por qué sentirme culpable de ello. Igual que lo he elegido a él, podría haber escogido a cualquiera de los cientos de súbditos imperiales que no salieron muy bien parados de una relación tan cercana al gran estratega, aunque estoy convencido de que ninguno me habría dado sin duda tanto juego retórico. Ahí estriba, consideraciones de género (literario) aparte, la diferencia entre nuestros barruntos. Pues se me antoja evidente que no es una inquietud literaria la que impulsa al aristócrata a comportarse de una forma que muchos calificarían de extremadamente ruin para un hombre de su posición, sino la venganza. No en vano, ya lo explica Maquiavelo a lo largo del capitulo VII de su obra más significativa: los hombres ofenden por miedo o por odio. Y mi personaje, huelga decirlo, sabemos que experimentó ambos sentimientos, por lo demás tan humanos.
En cuanto al secretario florentino, sabemos que escribió libros tan interesantes como “La Mandrágora”, una comedia contra las apariencias, “El arte de la guerra” y “La vida de Castruccio Castracani”, pero es El Príncipe, defensa teórica del realismo político, la obra que le valió el unánime reconocimiento de sus contemporáneos, y con la que ha pasado brillantemente a la posteridad. Célebre se ha hecho el silogismo el fin justifica los medios, conclusión a la que parece conducirnos indefectiblemente la lectura apasionada del texto, que bien podría haber seducido, no lo niego, al conspicuo Bonaparte, pero no hasta el punto de convertirlo en esa suerte de libro de cabecera que sugieren las notas a pie de página.
Me inclino a pensar, por contra, que un editor decidió publicar El Príncipe con las correcciones al texto supuestamente encontradas el 18 de junio de 1815, después de oír la propuesta del escritor y diplomático galo y tras debatir, qué duda cabe, en largas y ponderosas deliberaciones junto al consejo asesor. Presumiendo el percal barrunto que, no ya para proteger su inversión sino la reputación de una de las editoriales con más rancio abolengo del continente europeo, le obligaron a rubricar un documento eximiendo a la editorial de cualquier responsabilidad, salvo la del juicio de valor que la despiadada opinión pública tiene reservado para los cándidos y los idealistas, que nunca llegaría a ver la luz pública.
Ni él ni sus asesores ignoraban la suerte de manifiestos motivos que habían impulsado a una figura de la relevancia del noble bretón, nacido en el castillo de Combourg meses antes de que lo hiciese el ogro de Ajaccio, no ya a recrearse con comentarios apócrifos sino a proponerlos como fidedignos para su edición. No en vano, todavía estaba fresco en sus memorias el recuerdo del veto del emperador al discurso de recepción en la Academia del diplomático, que provocó en los primeros casi tanto estupor como en el segundo tanta decepción y amargura. Porque después del prestigio que obtuviese antaño Su Ilustrísima tras la publicación de sus novelas “Atala” y “Rene”, y poco después su apología “El genio del Cristianismo”, qué suerte de autoridad estética pretendió entonces atribuirse el guerrero, que lo máximo que alcanzó a escribir fueron proclamas, panfletos y memoriales, sólo distraídos por una serie nada afortunada de tenebrosas narraciones de juventud.
Sin duda alguna, ambas partes no ignoraban los suculentos beneficios que pasarían a engrosar sus arcas si la travesura se revelaba, como así fue, de manera favorable; pero presumo que los primeros no acabaron nunca de digerir esa inquietud casi enfermiza que bien podría llegar a hipotecar el prestigio del segundo, si se llegase a descubrir finalmente el fraude.
Con respecto al texto, resulta por una parte cuanto menos preocupante el dejo quimérico, incluso para el carácter expedito del orgulloso guerrero, aunque por otra no deja de sorprender su coherencia. Virtud que, con una agresiva campaña, trataron sin duda de fortalecer aun más si cabe. A tal fin, no tiene por qué extrañar que intentasen persuadir a la prensa con la sugestiva noticia del hallazgo de un original del ensayo corregido por su ínclito compatriota. A más de uno, le sorprendería lo sencillo que puede resultar conseguir embaucar a un puñado de periodistas, ávidos de noticias frescas y suculentas, para que redacten sus crónicas al dictado de intereses particulares. Es más, reseñas literarias que huelen sospechosamente a podrido las ha habido siempre. No es de extrañar, por tanto, que la combinación de ambas acabase resultando un éxito editorial, que todavía hoy genera beneficios, porque si el celebérrimo texto de Maquiavelo resulta atractivo por sí solo, máxime aún si lo aderezamos con los enajenados comentarios del resuelto corso.
Finalmente, tan solo me resta por añadir que de una posible reacción en contra de Napoleón no tenía sentido inquietarse, a buen recaudo como estaba, recluido en la prisión de Santa Elena, es poco probable que contase ni con la energía ni con el humor de enfrentarse a nadie. Además, correr cierto riesgo en pos de la cultura, tan denostada por el emperador tiempo atrás, para resarcirla de una manera u otra de todas las injusticias a las que fue sometida bajo su tiranía, es algo que sin duda proporcionó a las dos partes implicadas la excusa perfecta para comenzar a no sentirse culpables por ello.

viernes, 1 de junio de 2007

A “L´ HORA DEL LECTOR” (Canal 33)

Soy mallorquín -palmesano para más señas- y hablo catalán, «però com no estic gaire segur de la meva ortografia, ni de la sintaxi ni de res, em sembla més adient» proseguir en castellano. Cambiando de canal he tropezado con «L´hora del lector», cuya emisión de día 4 de mayo daba ya los últimos coletazos. Fisgoneando en los títulos de crédito, no sé muy bien cómo, he sabido de la existencia de “el blog del senyor Boix” (http://blogs.ccrtvi.com/elsenyorboix.php). Hacía meses que no miraba la televisión, y más tiempo aún que las personas que viven conmigo me permitían utilizar el mando a distancia; de otra manera, jamás habría dado con vosotros.Resultaría sospechoso que después de estas líneas os felicitara por vuestro trabajo, pero aun así no puedo por menos que congratularme de la emisión de un programa dedicado a fomentar la lectura, que puedo asegurar que intentaré seguir.Por cierto, conocí a Cela en el ochenta y tres del pasado siglo. Un oficial electricista y yo nos desplazamos a La Bonanova, donde él residía, para solventar unos problemillas eléctricos en su vivienda. Por aquel entonces yo no lo había leído demasiado -acaso el Pascual Duarte y por prescripción académica-, pero aun así era consciente del enorme talento y carisma del escritor gallego, que estuvo amabilísimo con nosotros. De hecho, le rogué que me dedicara un libro que yo había traído previamente conmigo, y lo hizo encantado. Es más, cuando terminamos el trabajo nos obsequió, a mi compañero y a mi, con algunos ejemplares de su propiedad, que al menos yo todavía conservo.Decir que aquel episodio marcó mi posterior afición a la literatura sería presumir demasiado. Antes de aquello ya emborronaba cuartillas, aunque sin pensar en modo alguno que algún día podría vivir de la escritura. De hecho, voy a cumplir los cuarenta y siete y no he publicado más que algunos artículos de opinión y varios relatos breves en rotativos de provincias. Pero aun así, yo lo sigo intentando, y hago mía la sentencia de Cela: el que resiste, gana.

lunes, 2 de abril de 2007

El Código da Vinci versus La sombra del viento


LOS CINCO GRANDES PARECIDOS
  • Sus autores residen en los EE.UU.

  • Han escrito un Best Seller que les está reportando pingües dividendos.

  • Ambas novelas superan las cuatrocientas páginas.

  • Tanto la una como la otra ambientan parte de su argumento en la Ciudad de la Luz.

  • Los dos escritores hacen uso de recursos cinematográficos en la confección de sus textos.

LAS CINCO GRANDES DIFERENCIAS

  • Mientras que el primero tiene un inicio tan prosaico que se nos antoja verosímil, el segundo no podría arrancar de una manera más lírica.

  • El Código da Vinci fue redactado sin pensar en el Pulitzer, en tanto que La Sombra del Viento no se alzó con el Fernando Lara de milagro.

  • Al contrario que los de Zafón, Los personajes de Dan Brown son incapaces de suscitar la sensibilidad del lector.

  • Al estadounidense le cuesta alimentar una trama que el español desarrolla magistralmente hasta la última página.

  • Con La Sombra del Viento retornamos a la Novela Clásica. El Código da Vinci es una clásica novela de intriga.

domingo, 4 de febrero de 2007

ALEGORÍA

Aprieta el gatillo con rabia, casi con desesperación, como queriendo acabar cuanto antes con una obsesión. Frente a ella, esa mirada de conmiseración y sempiterno reproche se esfuma tras los párpados yertos del adúltero, desplomándose contra el entarimado de roble y reverberando en la oquedad de su cabeza con un golpe seco que la arranca del ensueño. Se incorpora levemente para dar un sorbo al té que el camarero ha depositado sobre su mesa con una sonrisa. Mientras lo saborea, no consigue reprimir esa lágrima que se desliza describiendo en su mejilla una parábola de amor, que Julio no merece.

Sin título

Tras la muerte de mamá, no veía tan abstraído a mi padre. Aun así, no me preocupa demasiado que se haya pasado la tarde sentado bajo el porche, y con la mirada extraviada entre los cipreses. Pienso que no está mal rememorar el pasado, sobre todo si los recuerdos son tan entrañables como los de la infancia. Nuestra perra, con su instintiva obsesión por escarbar, hocicó ayer con ellos, pero ha sido mi hijo el que después de echar un vistazo al contenido le ha entregado al abuelo la herrumbrosa cajita, que había permanecido soterrada en el jardín durante los últimos sesenta años.

sábado, 3 de febrero de 2007

Fragmento apócrifo de los “DIARIOS”, de Dacio Gil Monroy


Se ha despedido de mí con un levísimo quiebro de muñeca, antes de desvanecerse en el insondable túnel de luz. A pesar de la claridad que distorsionaba mi percepción de la escena, en su porte gallardo y la indumentaria tan peculiar me ha parecido reconocer al autor de El conquistador errante. En realidad, nunca llegué a conocerle en persona, pero podría jurar que era él. En mi ensayo El augusto Faroni, todavía inédito, me explayo a gusto con el poeta y sus cualidades humanas. Él es el prototipo, no me cansaré de decirlo, del artista comprometido que a mí me habría gustado llegar a ser algún día. Ni el Primer Premio de la Poesía Internacional provocó en él lo que otros galardones menos distinguidos en pendolistas de inferior talla. Pero la visión ha durado apenas un instante, si bien ha sido intensa, porque es lo único que consigo recordar del insólito sueño. Un instante después, el despertador ha sonado con ese ronquido amargo que cada mañana me devuelve a mi oscura y monótona vida de viajante de comercio.