Aprieta el gatillo con rabia, casi con desesperación, como queriendo acabar cuanto antes con una obsesión. Frente a ella, esa mirada de conmiseración y sempiterno reproche se esfuma tras los párpados yertos del adúltero, desplomándose contra el entarimado de roble y reverberando en la oquedad de su cabeza con un golpe seco que la arranca del ensueño. Se incorpora levemente para dar un sorbo al té que el camarero ha depositado sobre su mesa con una sonrisa. Mientras lo saborea, no consigue reprimir esa lágrima que se desliza describiendo en su mejilla una parábola de amor, que Julio no merece.
domingo, 4 de febrero de 2007
Sin título

sábado, 3 de febrero de 2007
Fragmento apócrifo de los “DIARIOS”, de Dacio Gil Monroy
Se ha despedido de mí con un levísimo quiebro de muñeca, antes de desvanecerse en el insondable túnel de luz. A pesar de la claridad que distorsionaba mi percepción de la escena, en su porte gallardo y la indumentaria tan peculiar me ha parecido reconocer al autor de El conquistador errante. En realidad, nunca llegué a conocerle en persona, pero podría jurar que era él. En mi ensayo El augusto Faroni, todavía inédito, me explayo a gusto con el poeta y sus cualidades humanas. Él es el prototipo, no me cansaré de decirlo, del artista comprometido que a mí me habría gustado llegar a ser algún día. Ni el Primer Premio de la Poesía Internacional provocó en él lo que otros galardones menos distinguidos en pendolistas de inferior talla. Pero la visión ha durado apenas un instante, si bien ha sido intensa, porque es lo único que consigo recordar del insólito sueño. Un instante después, el despertador ha sonado con ese ronquido amargo que cada mañana me devuelve a mi oscura y monótona vida de viajante de comercio.
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